La creación de un sonido nuevo

La obra de Chopin es única en la historia de la música. Se trata de un compositor con una sensibilidad irrepetible, que hizo propios el concepto “bachiano” del intelecto, la sencillez del discurso de Mozart, el virtuosismo de Hummel y Paganini, el cantábile de Bellini o Donizetti. A estos grandes compositores, que él destacaba entre sus influencias, los amoldó en su estilo, que en gran parte proviene del de su país, Polonia.

Polonesa de Chopin, baile en el Hotel Lambert en París, pintado por Teofil Kwiatkowski

Sus maestros ya lo consideraban un talento excepcional. Debido a la gran crisis de mediados del siglo XIX, tuvo que dejar Polonia y comenzar una carrera como pianista que nunca le agradó. La figura de concertista-virtuoso-extrovertido, como la de su contemporáneo Liszt, estaba lejos de su sensibilidad. Llevó una vida muy irregular y seguramente esto le impidió consagrar por entero sus fuerzas a todo lo que tenía en mente. Ejerció en París como profesor de música de la burguesía en ascenso. ¿Era sólo esto lo que esperaban de él en aquella Varsovia donde lo consideraban el “Mozart polaco”? Sin duda que no y no es exagerado este aspecto, ya que desde pequeño había demostrado las más altas dotes, como un compositor absolutamente original.

Como pianista, renovó absolutamente el modo de escritura y la ejecución del instrumento. Digitó pasajes de un modo que hasta entonces era imposible. Nada es igual en la ejecución pianística después de Chopin. Fue capaz de crear sonidos en el instrumento hasta ese momento impensables.

Todos estamos en deuda con Chopin. Y esto debe ser reconocido frente a los prejuicios nacionales con respecto a su arte. Son prejuicios que él mismo tenía y que aún existen. Se vislumbran en sus cartas. Era una persona con muchas contradicciones y con un temor obsesivo a la muerte. Esto se nota en su música. Llora riéndose y ríe llorando. Es un temperamento casi sin descanso. Su música no lleva a una paz ni a un heroísmo, sólo a la destrucción como epílogo fatal de una contradicción fundamental en el hombre. La autodestrucción del ser humano es visible, por fin, en cada una de sus obras .

Por Horacio Lavandera
La Nación, Buenos Aires
13.03.2010


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