Viento del Este en las librerías

Después de 20 años de la caída del muro de Berlín, la literatura de los países del Este de Europa ha dejado de ser una anomalía en España. Lejos aún de sus imbatibles colegas anglosajones, los escritores del otro lado del antiguo telón de acero son los favoritos de los editores españoles a la hora de encargar una traducción.

El último Premio Nobel de Literatura, concedido a la rumana Herta Müller, y su fulminante rescate editorial se ha sumado al Príncipe de Asturias de las Letras otorgado al albanés Ismail Kadaré, la recuperación integral de la obra del serbio Danilo Kis al hilo del vigésimo aniversario de su muerte o la traducción, el mismo año de su aparición en Polonia, del último poemario de otra premio Nobel, Wislawa Szymborska.

Fuera de los clásicos -Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores ha lanzado este año la obra completa de Dostoievski y Alba inaugura en enero el centenario de la muerte de Tolstói con una nueva traducción de Ana Karenina-, la literatura del Este fue durante décadas doblemente sospechosa en España. Y siempre por motivos ideológicos. Para el franquismo, porque la URSS y sus satélites eran como el demonio. Para el antifranquismo, porque los disidentes de esos mismos países cargaban con el sambenito de hacer el juego a los anticomunistas.

“Pesaba más su ideología que sus libros”, recuerda el novelista Juan Eduardo Zúñiga, de 82 años. Especialista en lenguas eslavas y autor de obras como Las inciertas pasiones de Ivan Turguéniev y El anillo de Pushkin, Zúñiga cuenta cómo el interés por ese mundo parecía “extravagante, sospechoso, anómalo”. A los clásicos rusos que triunfaron en el siglo XIX se sumaron, tras la Revolución de Octubre, las traducciones de literatura socialista. “La Guerra Civil barrió ese panorama”, dice Zúñiga. “Hubo que esperar a que Janés se atreviera a publicar una novela como El don apacible, de Sholojov. El roce con la censura era seguro”. El año pasado, Debolsillo recuperó en cuatro volúmenes la obra cumbre del campeón del realismo socialista, premio Stalin en 1941.

Poco a poco las sospechas fueron cambiando de color. La rumana Viorica Patea, traductora y profesora de la Universidad de Salamanca, afirma que, además del de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 empezaron también a derrumbarse muchos “muros ideológicos” a este lado de las ruinas. “Llegué a España en 1977, y durante años, si pedías en una librería una obra de Solzhenitsin te miraban como si estuvieras pidiendo Mi lucha, de Hitler”. Hoy nadie discute la importancia de una obra como Archipiélago Gulag (Tusquets). Mucho menos, la de los Relatos de Kolima,, de Varlam Shalámov, para muchos la gran obra sobre el universo concentracionario soviético. Hace dos años Minúscula comenzó a publicar la edición integral en seis tomos.

Viorica Patea recuerda también el éxito tardío de una novela como Vida y destino, de Vassili Grossman. En 1985 Seix Barral publicó una versión (del francés) que pasó sin pena ni gloria. La traducción directa del ruso que publicó en 2007 Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores lleva vendidos más de 200.000 ejemplares. El mismo sello acaba de publicar Años de guerra, más de 600 páginas de relatos y artículos escritos por el Grossman corresponsal. Los que el 9 de noviembre de hace dos décadas se acostaron creyendo todavía en el paraíso comunista no se levantaron descreídos el día 10. “Las mentalidades cambian más lentamente que la propia historia”, dice Patea.

Dos años antes de la caída del Muro, Jaume Vallcorba, responsable de la editorial catalana Quaderns Crema, lanzó un sello en castellano: Sirmio. Además de los primeros libros de un profesor universitario completamente desconocido llamado Javier Cercas, Sirmio se empeñó en publicar autores contemporáneos como el polaco Slawomir Mrozek y a clásicos del centro y el este de Europa como Stefan Zweig o Joseph Roth llamados a tirar de los primeros. La aventura duró cinco años. Luego cerró. Muchos de los títulos que languidecieron bajo el sello Sirmio triunfaron luego bajo la etiqueta de Acantilado, fundada por el propio Vallcorba en 1999. “Novela de ajedrez, de Zweig, que no vendió ni una edición como Sirmio lleva 11 como Acantilado”, cuenta el editor.

Fue Acantilado quien recuperó al futuro Nobel húngaro Imre Kertész y quien inició la edición completa, todavía en curso, de la obra del serbio Danilo Kis, autor de obras como Jardín, ceniza, considerado por Joseph Brodsky como “el mejor libro escrito en la Europa de la posguerra”. Este año se cumplen 20 de su muerte y el que viene se celebrará en Madrid un simposio sobre su figura.

Para Vallcorba, en un momento en el que los escritores de Europa Occidental “miraban hacia Estados Unidos”, los del Este “conservaron la gran tradición europea. Para ellos era un símbolo de resistencia política. ¿Un rasgo común? Tal vez su humor, que nace del absurdo kafkiano del mundo que relatan, pero no cae nunca en el sarcasmo. Hablan de cosas muy serias sin tremendismos”.

El derrumbe del llamado socialismo real trajo una doble apertura. Por un lado, los lectores occidentales descubrieron un mundo desconocido. Por otro, los Gobiernos de los países del Este empezaron una política de difusión de sus culturas que antes no existía fuera de la ortodoxia política. De ahí que muchas traducciones al español cuenten con el apoyo económico de los países de origen.

El polaco Adam Zagajewski enumera en sus memorias de infancia los síntomas del régimen comunista -empeñado en reducir la variedad humana a tres tipos: “el funcionario, el obrero y el policía”- eran éstos: “la palidez del rostro, el temblor de las manos, las conversaciones en voz baja, el silencio, la apatía, la costumbre de cerrar a conciencia las ventanas, la desconfianza con los vecinos y la afiliación masiva al partido detestado”.

A partir de síntomas similares está construida la obra de Herta Müller, perteneciente a la minoría germanófona de Rumania. Siruela acaba de reeditar La bestia del corazón y La piel del zorro y anuncia para la próxima primavera Todo lo que tengo lo llevo conmigo, publicada este mismo año en Alemania. El próximo viernes se cumplen también 20 años de la muerte de Nicolae Ceausescu, ajusticiado junto a su mujer. Según Viorica Patea, el Nobel a Müller es un símbolo, pero sobre todo el reconocimiento a una escritora que supo convertir en arte el crudo relato de la vida bajo una dictadura: “La historia no puede seguir sin analizar cómo llegamos hasta allí, sin expiar esa culpa individual y colectiva”.

Javier Rodríguez Marcos
El País, España
22.12.2009


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