El revés del mundo

El filósofo polaco Kolakowski desnuda las convenciones que rigen las sociedades en una divertida colección de pequeñas sátiras fantásticas.

Tapa del libro Dos Cartas de Mrozek¿De qué sirve tener una cara que la sociedad alaba por bonita si el miedo a la decadencia obliga a guardarla celosamente en un cofre? ¿Hacer relojes más lentos prolonga la vida humana? Si dejamos que el parche de un pantalón crezca hasta ocupar toda la prenda, ¿tendremos un pantalón sin parche o habremos dejado de llevar pantalones? Estas tres son sólo algunas de las decenas de preguntas, tal vez absurdas, que alimentan Trece cuentos del reino de Lailonia para pequeños y mayores, una colección de relatos satíricos del filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927) que acaba de ser publicada por la editorial ovetense KRK. Kolakowski, reconocido por su aportación a la crítica del marxismo y por la denuncia de las aberraciones del "socialismo real", logró publicar el volumen en Polonia en 1963, aunque para ello hubo de prescindir de "Hambruna", el cuento que lo cierra.

En "Hambruna", Kolakowski, que emprendió el camino del exilio en 1968 para instalarse en Oxford, da vida a un sumo sacerdote que, para acabar con un episodio de crisis de subsistencias, decide lanzar a los bomberos al combate pertrechados con generosas mangueras. Los bomberos, incansables en el cumplimiento de las órdenes, anegan el país haciendo imprescindible la intervención de los fontaneros, quienes parten en globo en busca del gigantesco grifo que suponen causante de una inundación nunca vista. Desaparecidos los fontaneros entre las nubes, el sumo sacerdote recurre a los adivinos, además de saciar su creciente mal humor con el despido de varios cocineros. Y así sucesivamente hasta que, ante las proporciones que alcanzan los sucesivos desaguisados, no hay más remedio que nombrar a un nuevo sumo sacerdote.

No hace falta romperse demasiado la cabeza para entender por qué las autoridades comunistas polacas se sintieron un tanto aludidas por el cuento y decretaron su censura. Y, sin embargo, "Hambruna" es de la misma camada que las demás historias del reino de Lailonia: un dardo satírico que, sirviéndose de la fantasía y el absurdo, desnuda los perversos mecanismos de sustentación de las sociedades, en absoluto privativos de las dictaduras, sean éstas del signo que sean.

La suplantación y la impostura, la codicia, los signos de estatus, la ambición, el conflicto entre la obediencia y los dictados del propio pensamiento, las notas definitorias de los seres o el deseo de inmortalidad son sólo algunos de los emblemas que, con mucho humor y sin ninguna compasión ni ternura, alancea el filósofo polaco. Tal vez a Kolakowski le valieron en su momento para atacar discretamente a la dictadura polaca, pero de la universalidad de su alcance da buena fe el hecho de que, casi medio siglo después de ser escritos, se necesita estar al tanto de la peripecia vital del autor para asegurar que la Polonia comunista es la diana contra la que se alzan sus venablos.

Como cuentista, Kolakowski se deja llevar a veces por cierta incontinencia en el desarrollo de ocurrencias a las que, a la postre, no saca ningún rendimiento. Pero esta ingenuidad, mera falta de oficio como narrador, no empaña la acuidad de juicio del filósofo e historiador de las ideas.

Gracias a una inteligente utilización de recursos como la atribución de vida propia a los objetos, la conversión de series de disparates en encadenamientos de actos perfectamente cotidianos o la búsqueda de los límites contradictorios de la lógica, Kolakowski se muestra capaz en cada relato de tutear sin complejos a los más apreciados maestros de la sátira. Además, la destreza para incorporar a su discurso los que, a mediados del siglo XX, eran recientes y novedosos postulados de la literatura del absurdo le permitió añadir un nuevo eslabón a una hiriente tradición literaria. La que, para defender la autonomía del individuo frente a la sociedad, ridiculiza la defensa de las convenciones sociales que los propios individuos hacen.

Eugenio Fuentes
La Nueva España, 05.03.2009


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