Dos cartas de Slawomir Mrozek

Contrasentidos de la escena.

Tapa del libro Dos Cartas de MrozekEl escritor polaco presenta en este libro una serie de relatos escritos como puestas en escena. Las vicisitudes de un caminante enfrentado al esplendor artificial de actores y divas en una tierra de paso. Los reproches caballerescos de un hombre desplazado por una treta de amor y piromanía. Acaso la vida y enfermedad de una escopeta que gusta de la caza pero que sufre un extraño catarro por ser ésta “demasiado nerviosa”, o el brevísimo y desconcertante relato de un hombre en un hostal improvisado esperando a que los tan anunciados ‘aparecidos’ le mantengan en vela; hacen parte de esta suma de relatos y microrrelatos escritos como puestas en escena narrativas por el polaco Slawomir Mrozek (1930), conocido por su labor teatral en las obras Tango y Strip-tease.

Desde una apuesta por el contrasentido y el constante devaneo entre el humor y el absurdo, estos cuentos refieren en su estética ideas esbozadas desde el teatro de Samuel Becket o Eugene Ionesco. Además de dibujar en su interior una crítica medida y sutil compuesta de agudeza y un magistral manejo del lenguaje, a través de un rastreo de la condición humana, de sus apetitos, sus odios, su misma condición social y sus taimados miedos y secretas costumbres.

Sus relatos muestran una apuesta por  cambiar los centros de la esfera en relación con lo narrable, con el lenguaje como tal y con el manejo del tiempo y de lo que realmente debe emerger del discurso, como puede verse en el género narrativo que Mrozek ha cultivado con notable éxito. Por allí, entre lo onírico y la perplejidad, “a caballo entre la ironía y el sarcasmo”, entre la poesía y la política, no deja fuera su sobrio cuestionamiento a la realidad: “Claro está que yo no soy ruso. Sin embargo, que me hubieran adjudicado ese personaje modificaba el caso por completo y abría nuevas perspectivas ante mí. En primer lugar, ser ruso significaba ser alguien. (…) Como ruso, ya no tenía que convencer a nadie de nada; con ser ruso bastaba”.

El juego humano y su infatigable capacidad para embrollarse y ser víctima de sus propias trampas, sirve a Mrozek para limitarle y confinarle de pronto a ese manicomio universal en el que las cosas pierden su significado y emprenden un camino sin retorno hacia el absurdo: “puse el zapato en el suelo y me lo quedé mirando. Era un zapato como otro cualquiera. Y eso precisamente era lo que levantaba mis sospechas. Era ‘demasiado zapato’”.

Del nuevo campo de combate
“Una educación filosófica no significa dedicarle más horas a una materia aburridora llamada filosofía en la que se cuentan muy sumariamente ciertas ‘historietas’ que son muy conocidas en las fórmulas que se enseñan en el bachillerato, que luego deben ser reproducidas en un examen final, para después no volver a recordar nada”.

Es usual que el texto académico no se caracterice  por su lucidez estética. En Educación y democracia, un campo de combate, Estanislao Zuleta recuerda que la filosofía es amor al conocimiento y que es amor al maestro que incidió en el conocimiento que nos es propio.

¿Por qué la educación no enseña a pensar? El autor nos inspira valor para enfrentar el conflicto negado, que no es otra cosa que la angustia de pensar. Combate al que Zaratustra invita a adentrarnos  y que exigiría valor para asumir que aún nos hallamos en el anhelo del paraíso perdido y no en el de la realización democrática como sociedad que pretende la posmodernidad, pero aspira a conservar las representaciones de un orden simbólico más propio del mundo prekantiano. “Lo peor que tiene la educación es lo que tiene de adecuación: lo mejor que puede tener es lo que tiene de conflicto”.

Aquí se hallan los fundamentos de una discusión vigente. “Además de enseñar resultados sin procesos de conocimiento, existe un problema esencial; en la escuela se enseña sin filosofía y ese es el mayor desastre de la educación. Entiendo por filosofía la posibilidad de pensar las cosas, de hacer preguntas, de ver contradicciones”. El drama de la educación en Colombia después de Estanislao es la inminencia de estar impartiendo: una educación sin filosofía.

Sophia Vázquez Ramón / César Virgilio Moreno
El Espectador, España
20.02.2009


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