Las vidas de Joseph Conrad

“Un católico polaco y un caballero” (1857-1878)
Joseph Conrad"Balzac se casó en Berdichev. Debo escribir eso en mi cuaderno de notas. Balzac se casó en Berdichev.” Chebutikin, ese “teatro del absurdo en un solo personaje”2 de la obra de Chéjov Las tres hermanas, descubre casualmente este acontecimiento mientras lee el periódico. Situado a unos centenares de kilómetros al sudoeste de Kiev, en la Ucrania occidental, Berdichev era un lugar sorprendentemente poco a tono para la ceremonia de la boda del padre de la novela realista francesa, celebrado en 1850. Y resulta un lugar aún más improbable para el nacimiento, el jueves 3 de diciembre de 1857, de un gran novelista inglés: Józef Teodor Konrad Korzeniowski, de linaje Nalecz, que tiempo después sería conocido como Joseph Conrad. Tal como reconoció él mismo cuando preparaba la publicación de sus memorias, la localidad era un punto de partida imposible: “¿Podía comenzar con las palabras sacramentales: “Nací en tal fecha en tal lugar”? Lo remoto del lugar habría robado todo interés a la declaración”. A mediados del siglo XIX, Berdichev tenía unos cincuenta mil habitantes. Cuando Balzac pasó por allí, en 1847, camino de la hacienda de su amada condesa Hanska en Wierzchownia (con la que se casó tres años después), observó con mirada de novelista que sus casas, pequeñas y “limpias como chiqueros”, parecían estar “bailando la polka”.5 Tal vez sus impresiones estuvieran influidas por un desafortunado incidente: unos veinte judíos se habían reunido para observar la cadena de oro de su reloj y tuvo que apartarlos a golpes con su bastón.

Integrada en Polonia desde el siglo XVI, Berdichev pasó a ser controlada por Rusia, junto con otras partes importantes de la Mancomunidad Polaca, en el tercer reparto, en 1795. Gozaba de la diversidad étnica habitual en los centros comerciales de la Europa oriental. Se trataba de una comunidad eminentemente judía (alrededor del 80 por ciento de la población), que podía enorgullecerse de una importante tradición jasídica, cuyos chantres eran famosos en toda Ucrania a mediados del siglo XIX. El resto de la población se componía de los szlachta , los aristócratas polacos, que eran católicos y hablaban polaco, y los rutenos, nombre que recibían entonces los ucranianos, casi todos ortodoxos, de lengua rusa y en su mayoría campesinos. Se trataba de comunidades encerradas en sí mismas, que se abrían al exterior para el comercio y los servicios pero que hablaban sus propias lenguas y mantenían identidades culturales y tradiciones religiosas separadas.

En la época del nacimiento de Conrad, unos sesenta años después de que Rusia quedara desvinculada de este territorio, los polacos constituían una minoría en la región. Al igual que muchas minorías, se aferraban celosamente a su pasado, a su lengua y a sus tradiciones, y algunos, como el padre de Conrad, soñaban que el territorio volvería a formar parte algún día, a pesar de su composición étnica del momento, de una Polonia reconstituida e independiente. Los padres de Conrad eran polacos (no rutenos) por ambos lados, y sus antepasados habían vivido en la región durante dos siglos. Clarifiquemos un asunto considerablemente complejo: casi siempre se alude a Conrad como “polaco”, pero eso era entonces una identidad etnolingüística y cultural, no política. Conrad vivió parte de su infancia y su juventud en el territorio que ocupa hoy el estado-nación de Polonia, pero nació y pasó la mayor parte de sus primeros años y algunos de su adolescencia en lo que hoy es Ucrania, y que hasta 1919 formó parte del Imperio ruso. Antes de que adoptara la nacionalidad británica y renunciara a la rusa, Conrad fue un súbdito del zar, y vivió en los Imperios austrohúngaro y ruso, no en Polonia, entonces ausente del mapa europeo al no tener existencia política.

El nacimiento de Conrad en Berdichev dio lugar al rumor de que era judío; rumor contra el que él reaccionó con vehemencia, pero no por motivos raciales: “Si hubiera sido un israelí nunca habría negado pertenecer a una raza que ocupa un lugar tan especial en la historia religiosa de la humanidad”. La ciudad, en todo caso, desempeñó un papel poco importante en su vida, pues sus padres la abandonaron cuando Conrad era sólo un niño; por otro lado, todo ello explica cierto sentimiento de marginalidad que a menudo encuentra expresión en sus escritos y que formaba parte de su psicología. Durante mucho tiempo hubo cierto misterio alrededor del lugar preciso de su nacimiento, en parte como consecuencia de sus propias declaraciones contradictorias. Su certificado de bautismo no indica el lugar de su nacimiento sino el de su bautismo, o más bien de sus dos bautismos, pues hubo una primera ceremonia privada en Zhitomir, una localidad cercana, que fue oficiada por un sacerdote carmelita del monasterio de Berdichev, y otra celebrada en la iglesia de Berdichev. Los dos bautismos sugieren que tal vez se temiera por su vida. Al cumplimentar los papeles para su nacionalización británica Conrad puso Zhitomir como lugar de nacimiento; los biógrafos propusieron más tarde Ivankivci y Terechove, situados respectivamente al sudeste y al sur de Berdichev.

Aunque no especialmente distinguida, la familia de Conrad gozaba de una sólida respetabilidad -basada en la tierra más que en el comercio- y, por el lado materno, incluía a autoridades provinciales. A finales del siglo XVIII, el bisabuelo paterno de Conrad, Stanislaw Korzeniowski, se había casado con Helena Choi´nska, que le dio seis hijos, el primero poco antes de 1793 y el último en 1809. El apellido paterno significa “natural de Korzeniów” o “Korzeniew”. Hay varios lugares con ese nombre, y saber a cual de ellos se refiere es una cuestión irresoluble a esta distancia en el tiempo. Tampoco se ha llegado mucho más lejos por el lado materno. El bisabuelo materno de Conrad, Stanislav Bobrowski, engendró cuatro hijos entre 1790 y 1796, y murió en 1797, un año después del tercer reparto de Polonia y cuando hacía tres que Luis XVI había sido guillotinado.

Ambos acontecimientos influirían en la vida de Conrad, a pesar de que sucedieran mucho antes de su nacimiento. Las prolongadas crisis políticas de Polonia -ya en el siglo XVIII, sin contar Turquía, europea sólo de nombre, era conocida como el Enfermo de Europa, “motivo de risa para los extranjeros que creen en el progreso y en el gobierno eficiente”- culminaron en las particiones de 1772, 1793 y 1795. Incapaz de evitar el expolio, el país vio cómo sus ambiciosos vecinos, Austria, Prusia y Rusia, se repartían sus territorios, de modo que desapareció como estado-nación independiente desde 1795 hasta 1919, cuando el Tratado de Versalles reinstauró su independencia.

Las particiones de Polonia implicaron rivalidades y alianzas geopolíticas de tal complejidad que resulta inútil intentar exponerlas en pocas palabras; su efecto fue convertir Polonia en una presencia fantasmal en Europa, con un pueblo sometido al dominio extranjero y desigualmente asimilado a las potencias que se habían dividido el estado-nación. El zar aplicó una política de rusificación, de lo que resultó una violenta oposición en los territorios que se había anexionado. En 1830 y 1863 se produjeron levantamientos contra el yugo ruso, durante los cuales los polacos trataron inútilmente de refundar el estado-nación polaco frente a unas fuerzas muy superiores y mejor organizadas, y a poderosos intereses. La situación política se complicó también con la agitación en Francia, que anunciaba y al fin propició el final del régimen totalitario, del que surgió Napoleón y su nueva concepción de su propia nación y de Europa. En los escritos de Conrad se manifiesta un considerable interés por los trastornos políticos y sociales de la Revolución francesa y el período napoleónico, que tuvieron un gran impacto sobre Polonia (un ideal o nación en el sentido francés, esto es, una agrupación étnico-cultural más que una entidad política). Al igual que tantos otros miembros de su clase, Conrad era francófono y francófilo desde la infancia, y en sus escritos sobre Polonia insistió en su carácter eurooccidental, en particular en sus afinidades y contactos con Francia, para disipar cualquier relación con lo que denominaba despectivamente la “barbarie bizantina eslavo-tártara” (en otras palabras, Rusia).

El tío abuelo materno de Conrad, Mikolaj Bobrowski (1792-1864), recreado con viveza en su Crónica personal, creyó en la grande illusion que Napoleón suscitó entre los polacos. Si le apoyaban, obtendrían como recompensa la restauración de la independencia de su país. Napoleón utilizaba de forma cínica y con gran provecho la estratagema de hacer promesas para seducir a patriotas y soñadores cuando necesitaba carne de cañón. Eso fue exactamente lo que sucedió en la batalla de Somosierra (1808), donde envió a la caballería polaca contra nueve mil soldados españoles, con el resultado de dos tercios de los polacos muertos o heridos. En un intento de restaurar la esclavitud en Haití, Napoleón incluso llegó a enviar un contingente de polacos para que lucharan contra Toussaint L'Ouverture. (Los que no murieron en combate o a causa de la malaria, se casaron y se establecieron allí.) El compromiso de los polacos con el emperador demostró ser inquebrantable, y terminaron por acompañarlo a Elba y no sólo eso, sino que estuvieron también a su lado durante los Cien Días.

Mikolaj Bobrowski tenía más de idealista que de analista perspicaz de las ilusiones, de modo que se unió a la Grande Armée en 1808, a la edad de dieciséis años. Logró ascender de subteniente a capitán, hasta que su carrera militar llegó a su final el fatídico año de 1814, el de la derrota y exilio de Bonaparte en Elba. Había servido fielmente y con valor, por lo que fue nombrado chevalier de la Legión de Honor, lo que supuso que recibiera la más importante condecoración militar en Polonia, la Orden Virtuti Militari. Participó en nuevas acciones bajo las órdenes del mariscal Marmont, duque de Ragusa, y fue el último hombre que se mantuvo en el puente que cruzaba el río Elster antes de que fuera destruido en la decisiva batalla de Leipzig (1813)

Ciegamente leal al emperador francés hasta su muerte, es posible que Bobrowski fuera el modelo de Ferraud, el fanático de Napoleón del relato de Conrad “El duelo”. Su idealismo juvenil sobrevivió incluso a la retirada de Moscú en 1812, en el curso de la cual, hambriento y temiendo por su vida, en medio de oscuros y fríos bosques, se preparó un guiso de perro lituano. El incidente fue inmortalizado un siglo más tarde por su sobrino nieto:

El perro ladró. […] Salió corriendo y murió. Su cabeza, me parece, quedó separada de su cuerpo de un solo golpe. También me parece que más tarde, cuando encendieron un fuego en una hondonada en medio de la lúgubre soledad de los bosques nevados, descubrieron que la presa no resultaba nada satisfactoria. No era que estuviera delgada: al contrario, estaba gorda de un modo malsano; la piel tenía calvas desagradables. Pero no habían matado al perro por su piel. Era grande. […] Se lo comieron. […] Lo demás es silencio.

La experiencia de comerse un perro escuálido puede leerse como una metáfora de la experiencia de Polonia, desmembrada bajo la dominación extranjera. Obligados a tragarse su humillación y su orgullo, y a vivir con un sentimiento de derrota, los polacos se unieron con entusiasmo a la causa de Napoleón, en un número cercano a los cien mil hombres. Sin embargo, la visión que tenía Napoleón de su futuro sólo quedó formulada en términos muy vagos, y aunque consideraba injustas las particiones, culpó abiertamente a la aristocracia del país por su caída; en último término, esperaba que fueran los polacos los que resolvieran su situación. Napoleón no se comprometió a nada concreto, al tiempo que fomentaba con cinismo las esperanzas polacas. Por su parte, los polacos cerraron los ojos ante la evidencia de que sólo recuperarían su libertad a costa de la de otros.

El otro vínculo con Napoleón es menos directo. El abuelo paterno de Conrad, Teodor Korzeniowski, sirvió como teniente en el ejército del Gran Ducado de Varsovia, en realidad un estado satélite de Napoleón, y participó en la incierta batalla de Raszyn (1809) contra Austria. El ducado constituía una prueba palpable de las buenas intenciones del emperador hacia los polacos, pero los sueños nacionalistas de éstos se desvanecieron con los primeros reveses y la caída final de la Grande Armée, dejando la misión inconclusa para las generaciones posteriores. No tuvieron éxito hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y el sufrimiento y el martirio terminaron por convertirse en parte integral de la autoimagen nacional. Torturada y crucificada, fiel hija de la Iglesia católica y mártir entre las naciones para los nacionalistas del siglo XIX, Polonia terminaría no sólo por redimirse a sí misma sino por salvar a toda Europa. La conciencia colectiva se deslizó hacia un culto a la nobleza, a la fidelidad y a la lealtad, de carácter decididamente nostálgico. El mesianismo polaco, en parte producto del romanticismo tardío, definió y coloreó la historia nacional durante casi un siglo. Teorizado y celebrado por el poeta Adam Mickiewicz, floreció tras la fallida insurrección de noviembre de 1830 en la Polonia rusa.

En 1820, el mismo año que nació su hijo Apollo, Teodor Korzeniowski abandonó el ejército polaco y vendió sus tierras para ir a vivir a la hacienda de su esposa. El bienestar desapareció junto con la causa de la independencia: sus propiedades le fueron confiscadas en represalia por su apoyo a la insurrección. La pérdida lo llevó a relacionarse con los Bobrowski, una pareja de terratenientes. Józef Bobrowski y Teofila Biberstejn-Pilchowska tuvieron ocho hijos entre 1827 y 1840. Apollo Korzeniowski se enamoró de la mayor, Ewa Bobrowska, nacida en 1832. Conrad observa que a Józef Bobrowski no le hizo mucha ilusión la relación de sus padres, iniciada alrededor de 1847.17 El enamoramiento sobrevivió a la hostilidad de Bobrowski y al largo noviazgo, y la boda se celebró finalmente en Oratów, la hacienda de los Bobrowski, el 4 de mayo de 1856.

La oposición de Bobrowski a Apollo Korzeniowski podía deberse a varios motivos. Las perspectivas económicas de los Korzeniowski eran inciertas, y él parecía acariciar el sueño de muchos padres, de conseguir un mejor partido (es decir, más rico) para su hija. La herencia de Apollo desde los once años, cuando las tierras de los Korzeniowski pasaron a otras manos, consistía principalmente en la conciencia de la inseguridad de la vida, por lo que tendría que confiar en sus propios recursos para abrirse camino en el mundo. Después de terminar la enseñanza secundaria en la ciudad comercial de Zhitomir,19 la capital provincial de Volhinia, fue a San Petersburgo, donde realizó estudios de derecho, idiomas y literatura entre 1840 y 1846, sin llegar a licenciarse. Estos últimos le sirvieron de base para lo que sería el trabajo de su corta vida.

Es muy posible que Bobrowski no sintiera simpatía por su futuro yerno, que, según un observador, poseía rasgos de sarcasmo, obstinación y falta de sentido práctico. Tuvo detractores y apologistas tanto en su época como después de su muerte. De hecho, todo depende del cristal con que se mire, y la única evidencia relevante es que Ewa Bobrowska se quedó encandilada con él. Y así siguió durante los largos años que pasaron entre su enamoramiento, más o menos a primera vista, y el largo camino hasta el altar. De las fotografías que se han conservado23 de Korzeniowski, de comienzos de su edad madura, se puede inferir que la belleza que ella veía era más bien interior. Con una barba bastante poblada y el pelo revuelto hasta los hombros, más bajo que la media y algo enclenque, mira hacia la cámara con una austeridad y una autoconfianza casi desconcertantes. La seriedad, esa virtud quintaesencialmente decimonónica, se halla grabada en su frente. Hay algo indómito en su aspecto, parece a punto de saltar de su forzada pose, entre sentado e incorporándose. Una fotografía posterior, en la que luce una cuidada barba negra y un mostacho bien recortado, transmite una impresión inequívoca de gravedad.

La elegía que escribió Korzeniowski sobre la división de Polonia entre tres grandes potencias, con ocasión del nacimiento de su único hijo, dice más sobre el hombre que ninguna fotografía que se conserve de él:

Mi niño, debes decirte
que no tienes tierras, ni amor,
ni país, ni pueblo,
y que Polonia, tu madre, yace en su tumba.
Tu única madre está muerta, y sin embargo
es tu fe, la palma de tu martirio.
¡Duerme, mi niño
Mi niño, solo…
Sin ella…
Sin ella…
¡Y no hay salvación sin ella! !


Pero por más histriónicas que puedan resultar sus efusiones, se combinan también con sentimientos genuinos: Korzeniowski era una persona profundamente religiosa y muy patriótica, rasgos definitorios de una identidad polaca forjada bajo presiones de diverso origen, y todavía viva en la actualidad. El poema titulado “A mi hijo, nacido el octogésimo quinto año de opresión moscovita, una canción para el día de su bautizo”, fechado el 23 de noviembre de 1857 (la fecha que acostumbraba a darse para el nacimiento de Conrad), está dirigida sólo nominalmente al niño en su cuna. Compuesta en la tradición del kolevda (villancico) polaco, esta elegía por la situación nacional revela el carácter y la complejidad de la psicología de Korzeniowski. Incluso el momento de la paternidad viene marcado por la política. Todas las oportunidades están cerradas por adelantado, todos los límites están fijados, y sólo existen dos opciones: armarse de valor para la lucha final contra los opresores extranjeros o esfumarse del todo.

Conrad escogió el segundo camino, dejar atrás el martirio y a la “madre” en su tumba. Lo hizo acompañado por tres millones de polacos que fueron en busca de ámbitos sociales y económicos más acogedores, en Europa y Norteamérica, desde 1870 hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial. Tal vez no sea una casualidad que el argumento de La locura de Almayer (1895), su primera novela, trate del rechazo de los tiránicos deseos del padre por parte de una hija que irá a forjarse su propio destino en tierras extranjeras. En El agente secreto (1907), una figura paterna económicamente inestable y relacionada con actividades clandestinas contra el Estado provoca el estallido de su hijo.

Viendo venir los problemas, y conocedoras de su implicación en actividades disidentes, las autoridades rusas cerraron la editorial de Zhitomir, una ciudad donde la cultura en lengua polaca florecía: había un teatro, conciertos, librerías, editoriales, y varias escuelas. El dinero de Korzeniowski volvió a esfumarse. En mayo de 1861 obtuvo el permiso para abandonar Ucrania e ir a Varsovia (en aquella época se requería pasaporte para hacer viajes internos), donde trabajó como periodista literario, lo que probablemente era una tapadera para llevar a cabo actividades políticas clandestinas. En esa época, la policía abría las cartas30 que dirigía a su esposa. Ewa y su hijo de tres años se quedaron atrás, primero en Zhitomir y luego en Terechove. Los traslados constantes y la inestabilidad económica indican que Korzeniowski anteponía su compromiso ideológico a su familia.

Ewa Korzeniowska y su hijo, que aún no tenía cuatro años, llegaron a Varsovia a comienzos de octubre de 1861, pero escaparon del charco para caer en el lodazal, pues poco después las autoridades soviéticas (sic)  de la ciudad declararon el estado de emergencia. Zhitomir había sido testigo de varias oleadas de expresión del sentimiento antizarista, que culminaron en una petición dirigida al zar, firmada por Korzeniowski (pero no por su cuñado Tadeusz Bobrowski), para que Ucrania se uniera al Reino del Congreso de Polonia. Los polacos poseían grandes extensiones de tierra agrícola y participaban de la industria, pero sólo constituían una tercera parte de la población de la ciudad. Cargados de nostalgia, los ideales políticos de Korzeniowski aspiraban a la recreación de una utopía conservadora que nunca había existido.

Varsovia ofrecía varias ventajas culturales, aunque los Korzeniowski tuvieran escasas oportunidades de disfrutarlas. También era el foco de una violenta oposición al proceso de rusificación activamente promovido por el zar Alejandro II. Las tensiones políticas que habían persistido en silencio después de la insurrección de noviembre de 1830 estallaron entonces con toda su fuerza. El fervor nacionalista de Korzeniowski, que a esas alturas era ya uno de los aspectos más sobresalientes de su carácter, adquirió una dimensión práctica. Mantenía reuniones secretas en su piso de Nowy Swiat, una calle del centro de la ciudad con atractivos edificios de fachada clásica, pero la vigilancia gubernamental demostró ser muy eficaz. Cuando comenzaron los arrestos, varios centenares de sospechosos cayeron en la redada. La llamada a la puerta llegó media hora después de la medianoche del 20 de octubre de 1861. Tal vez hubiera lágrimas, pero no recriminaciones, pues Ewa Korzeniowska compartía los ideales políticos de su marido. Con rostro tranquilo, melancólico y digno, iba completamente vestida de luto por los sufrimientos de la nación y en protesta contra la muerte de cinco polacos en Varsovia, que en febrero se habían manifestado contra el gobierno ruso y habían sido asesinados por los cosacos. Vestía a su hijo con ropa de luto en una época en que los lazos negros, los gemelos con el águila polaca con una corona de espinas y las joyas con la palma del martirio eran adornos convencionales que significaban duelo por la nación enterrada.

Quince días después de reunirse con su esposa y su hijo, Korzeniowski estaba encerrado en la ciudadela de Varsovia, “una máquina de destrucción siempre dispuesta […] una cárcel inmensa donde el zarismo entierra el patriotismo polaco”. Legado de la insurrección de 1830, la fortaleza podía albergar hasta tres mil prisioneros. El primer recuerdo de Conrad, según escribió en una carta a un correspondiente polaco, se remontaba a esa época: “Mis recuerdos de infancia comienzan, como es característico de nuestra nación, en el patio de esta ciudadela”. El recuerdo correspondería, al parecer, a una visita realizada a su padre, cuya repentina detención debió de ser traumática. La madre de Ewa acudió rápidamente a Varsovia para ofrecer su ayuda y su consejo.

Con el tiempo, las sesiones nocturnas de interrogatorio llevaron a la formulación de cargos formales. Las condiciones en la ciudadela empeoraron con la llegada del sombrío e implacable invierno, y Korzeniowski contrajo el escorbuto. También sufría reumatismo, una enfermedad rara entre hombres que apenas han llegado a los cuarenta años. Según su mujer, se le permitió trabajar en la traducción, nunca publicada, de El rey se divierte (1832), de Victor Hugo. El dato resultaría sorprendente en caso de ser cierto. Tratándose del retrato de un rey manirroto, sería todo un descuido por parte de unos guardianes en general atentos a potenciales sentimientos antizaristas o antimonárquicos.

El Cultural, España
29.11.2007


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