La última aventura de Joseph Conrad

El olivo azul rescata dos novelas breves olvidadas de ConradEl 3 de diciembre se cumplen 150 años del nacimiento de Joseph Conrad, uno de los más grandes narradores del siglo XX. Aunque su vida fue una gran novela, pues recorrió el mundo entero, de Suramérica al corazón de África, obras como Lord Jim, Nostromo o El corazón de las tinieblas trascienden el relato de aventuras para indagar en las miserias de la condición humana. El Cultural recupera hoy El plantador de la malata (1914), una novela breve inédita en España desde 1931, y que reúne lo esencial de su mundo narrativo: un personaje honesto y solitario, Renouard, al que se le plantea un conflicto moral sin solución, con el mar, siempre el mar, al fondo. La novela forma parte de Entre mareas que publicará El olivo azul en la primavera de 2008. Germán Gullón revisa la valoración actual de su obra, y J. A. Gurpegui analiza la última biografía sobre Conrad publicada en España.

El plantador de malata, por Joseph Conrad
Su amigo el editor se dirigió a él sin rodeos: “Willie me ha pedido mi opinión, y ya que al parecer él te ha abierto las puertas igualmente puedo yo contarte lo que hay. Intentaré ser tan breve como pueda. Pero, en confianza, ten cuidado!”
Renouard esperó. La intranquilidad se instalaba en él irracionalmente, asintió con la cabeza y el otro comenzó sin dilación. El profesor Moorsom, físico y filósofo, una admirable cabeza de pelo blanco, a juzgar por las fotografías, y también con mucho cerebro, todos esos libros famosos, seguramente que hasta Renouard conocería...
Renouard murmuró malhumorado que no era su tipo de lectura, y su amigo se apresuró a asegurarle encarecidamente que tampoco era el suyo, excepto como materia de negocios y obligación, por la página literaria de aquel periódico que le pertenecía (y era el orgullo de su vida). El único periódico literario en las Antípodas no podía ignorar al filósofo por entonces de moda. No es que cualquiera leyera a Moorsom en las Antípodas, pero todo el mundo había oído hablar de él -mujeres, niños, estibadores, cocheros-. La única persona (junto con él mismo) que había leído a Moorsom hasta dónde el sabía era el viejo Dunster, quien desde hacía muchos solí llamarse a sí mismo moorsomiano (¿o era moorsomita?), mucho antes de que Moorsom se hiciera a sí mismo y se convirtiera en el gran personaje que era hoy, en todos los aspectos..., hasta socialmente. Tan de moda en la alta sociedad.

Renouard escuchaba con una atención profundamente disimulada. “Un charlatán”, masculló lánguidamente.

-Bueno..., no. Yo diría que no. Aunque no me asombraría de que hubiese realizado la mayoría de sus escritos burla burlando. Desde luego que sería de esperar. Te diré por qué: la única escritura verdaderamente sincera se encuentra en los periódicos y en ninguna otra parte, no olvides esto.

El editor se detuvo con mirada de basilisco hasta que Renouard concedió un despreocupado: “Podría ser”, y sólo entonces continuó explicando que al viejo Dunster, durante su gira europea, lo habían vuelto un poco león en Londres, donde se había alojado con los Moorsom, es decir, con el padre y con la chica. El profesor había enviudado hacía mucho.

-Ella no aparenta ser precisamente una muchacha- murmuró Renouard. El otro asintió. Muy posiblemente no. Probablemente había estado haciéndose la anfitriona londinense para la gente bien desde que se recogiera el pelo. No espero encontrar ninguna muchacha en flor cuando tenga el privilegio -continuó-. Esa gente se aloja de incógnito con los Dunster, de una forma que, entiendes..., como si fuesen de la realeza. No engañan a nadie, pero quieren permanecer a su aire. Nosotros ni siquiera los hemos sacado en la prensa, por complacer al viejo Dunster. Pero incluiremos tu llegada en... “nuestra celebridad local”.

-¡Cielos!
-Sí. El señor G. Renouard, el explorador, cuya indómita energía, etc., y que ahora trabaja de otra manera por la prosperidad de nuestro país en su plantación de Malata... Y por cierto, ¿cómo va la planta de la seda..., floreciendo ?
-Sí.
-¿Has traído alguna fibra ?
-La goleta llena.
-Ya veo, a fin de transbordarla a Liverpool para su manufactura experimental, ¿eh ?Los ilustres capitalistas de la metrópoli muy interesados, ¿verdad ?
-Lo están.
Se hizo un silencio. Después, el editor profirió lentamente: “Serás un hombre rico algún día”.
El rostro de Renouard no reveló su opinión acerca de aquella confiada profecía. No dijo nada hasta que su amigo propuso en el mismo tono meditabundo:
-Deberías hacer partícipe también a Moorsom en el negocio... ya que Willie te ha abierto las puertas.
-¡Un filósofo!
-Supongo que no le haría ascos a un poco de dinero. Y por cierto que debe de ser inteligente, por todo lo que ya conoces. Me inclino a pensar que el tío es bastante práctico... De cualquier modo -y aquí el tono del orador adquirió un matiz de respeto- ha hecho que la filosofía rente.

Renouard alzó la mirada, reprimió un impulso de saltar y se levantó del sillón lentamente. “Quizá no sea mala idea -dijo -. En todo caso tendré que volver por allí.”

Se preguntaba si había logrado mantener la voz firme, el tono lo suficientemente despreocupado, pues su emoción era intensa, aunque nada tuviese que ver con el aspecto comercial de la sugerencia. Se movía por la sala preparándose vagamente para marcharse, cuando oyó una risa suave. Se giró rápidamente frunciendo el ceño, pero el editor no se estaba riendo de él. Soltaba una risita hacia la pared, al otro lado del gran escritorio: los preliminares de algún discurso que Renouard, replegado sobre sí, esperó callado y receloso.

-¡No! ¡Nunca lo sospecharías! Nadie sospecharía jamás tras lo que va esa gente. A Willie se le salían los ojos de las órbitas cuando me vino con la historia.

-Siempre lo hacen -puntualizó Renouard con repugnancia -. Es un idiota.

-Estaba sobrecogido, y yo también después de que me lo contara. Forman un grupo de búsqueda. Andan en busca de un hombre. El tierno corazón de Willie se ha alistado en la causa.

Renouard repitió: “En busca de un hombre”.

Se sentó repentinamente como con intención de fijar la mirada. “¿Acudió Willie a ti para que le prestaras una linterna ?”, preguntó sarcásticamente, y se levantó de nuevo sin razón parente.

-¿Qué linterna ?- interrumpió el perplejo editor, y su cara se oscureció con desconfianza-. Tú, Renouard, siempre aludiendo a cosas que no me resultan claras. Si anduvieras en política, yo, como periodista adepto, no confiaría en ti más allá de lo que pudieras hacerte entender. Ni un milímetro más allá. Eres un individuo tan sofisticado. Escucha: ése es el hombre con el que la señorita Moorsom estuvo prometida durante un año. De cualquier modo, no podría haber sido un cualquiera, aunque no parece haber sido muy listo. Mala fortuna para la joven dama.

Hablaba con emoción. Estaba claro que lo que debía contar apelaba a sus sentimientos. Sin embargo, como hombre de mundo experimentado mostró un regocijado asombro. Un hombre joven de buena familia y con contactos, de un lado para otro, si bien aún no enteramente público, sí con un pie entre las dos grandes efes.

Renouard, que erraba sin propósito por la sala, se volvió: “¿Y qué diablos es eso?”,preguntó débilmente.
-Pues Fama y Finanzas -explicó el editor-. Así es como yo lo llamo. Están las tres erres en la base del edificio social y las dos efes en lo alto. ¿Comprendes ?
-¡Ja, ja! ¡Excelente! ¡Ja, ja! -Rió Renouard con mirada fría.
-Y así se pasa de una clase a otra en esta era democrática -continuaba el editor con impasible autocomplacencia -. Eso si se es lo suficientemente inteligente. El único peligro está en serlo demasiado. Y creo que algo de eso ha ocurrido aquí. El personaje de que te hablo se metió en un lío. Evidentemente un lío muy turbio de carácter financiero. Entenderás que Willie no entrara en detalles conmigo. Tampoco ellos se lo transmitieron con gran profusión. Pero un lío penoso, algo de orden delictivo. Desde luego que era inocente, pero de todas formas tuvo que renunciar.
-¡Ja, ja! -Renouard volvió a reír con brusquedad, fijando la mirada como antes -. Así que hay otra gran efe en la historia.
-¿Qué quieres decir ?-interrogó rápidamente el editor,con aire de que estuvieran violando su primicia.
-Quiero decir... fantoche.
-No, Yo no diría eso. no diría eso.
-Bueno, entonces dejémoslo en sinvergüenza. A mí qué demonios me importa.
-¡Pero espera! No has escuchado el final de la historia.
Renouard, con el sombrero ya puesto, se sentó con la sonrisa desdeñosa del que ha descartado la moraleja del cuento. Aun así se sentó y el editor viró su silla giratoria hacia la derecha. Estaba lleno de afectación.
-Imprudente, diría yo. En muchos sentidos el dinero es tan peligroso de controlar como la pólvora. No se puede ser demasiado cauteloso con todos aquellos con los que trabajas. De cualquier modo se desató un tremendo revuelo, un escándalo, y en los círculos familiares no volvieron a saber de él. Pero antes de desaparecer fue a ver a la señorita Moorsom. Ese solo hecho aboga por su inocencia, ¿no ? Lo que se habló entre ellos nadie lo sabe, a menos que la hija se lo confiara al profesor. No habría mucho que decir. Nada restaba sino dejarle marchar, ¿no?, puesto que el caso había llegado a la prensa.

Y tal vez lo menos malo habría sido olvidarle. En cualquier caso lo más fácil. El perdón habría sido más difícil, me figuro, para una joven dama de altura y posición envuelta en un turbio asunto como éste. Quiero decir para cualquier joven dama normal y corriente. Bueno, el tipo no pidió más que ser olvidado, sólo que a él mismo no le resultaría fácil y escribiría a casa de vez en cuando. Aunque a ni un solo amigo. No tenía relaciones cercanas. El profesor había sido su protector. No, el pobre diablo escribió alguna vez a un anciano mayordomo retirado de su difunto padre, a algún lugar en el campo, prohibiéndole a su vez permitir que nadie conociera su paradero.

Así que ese honorable viejo imbécil se acercaría a la ciudad y merodearía por la casa de Moorsom, quizá abordara a la criada de la señorita Moorsom, y después escribiría al “Amo Arthur” que la joven dama aparentaba estar bien y feliz, o alguna información así de alentadora. Me atrevería a decir que él quería que lo olvidaran pero no creo que esas noticias lo animaran mucho. ¿Qué te parece ?
Renouard, con las piernas extendidas y la barbilla sobre el pecho, no dijo nada. Una sensación que no era curiosidad sino más bien una indefinida ansiedad nerviosa, marcadamente de- sagradable, como un misterioso síntoma de alguna enfermedad, le impidió levantarse y marcharse.

-Sentimientos confusos -opinó el editor-. Muchos tipos que andan por aquí reciben noticias de sus hogares con sentimientos confusos. ¿Pero cómo se sentirá cuando escuche lo que ahora voy a contarte? Por lo que sabemos aún no lo ha oído. Hace seis meses a un empleado financiero, simplemente un vulgar esclavo de las finanzas, le cae una pena por un vulgar desfalco o algo por el estilo. Luego, viéndose encerrado por una larga condena piensa lavar su conciencia confesándolo todo acerca de una vieja historia de manipulación, si no ocultación, de documentos, la historia que pone en claro al completo la honestidad de nuestro arruinado caballero. Aquel tipo malversador estaba en condiciones de saber, por haber sido empleado en la firma antes del batacazo. No había duda respecto a una reputación libre de toda sospecha, pero dónde se encontraba el hombre libre de sospecha, nadie podía decirlo. Otro escándalo de sociedad.

Y entonces la señorita Moorsom dice: “Volverá a por mí y yo me casaré con él”. Pero no volvió. Entre tú y yo, no creo que fuese muy querido salvo por la señorita Moorsom. Imagino que está acostumbrada a seguir su propio camino. Se fue impacientando, y declaró que si llegaba a saber dónde se encontraba el hombre iría con él. Pero todo lo que pudo escapársele al anciano mayordomo fue que el último sobre traía el matasellos de nuestra bonita ciudad, y que ésta era la única dirección que siempre había tenido del “Amo Arthur”. Eso y nada más. De hecho, el tipo, débil del corazón, Estaba agonizando.

A la señorita Moorsom no le permitieron verlo. Había ido ella misma al campo a enterarse de lo que pudiera, pero tuvo que permanecer en el piso inferior mientras la esposa del viejo subía arriba al inválido. Bajó con esta mínima información de que te he hablado. Él estaba ya demasiado lejos para sufrir un interrogatorio, y esa misma noche murió. No dejó tras de sí muchas pistas, ¿verdad ? Nuestro Willie me dio a entender que aquellos habían sido días turbulentos en la casa del profesor, pero... aquí están. Me inclino a pensar que ella no es la clase de señorita que pueda permitirse trotar por el mundo completamente sola, ¿eh? Bien, creo que por su parte es bastante admirable, pero entiendo perfectamente que el profesor necesitara de toda su filosofía dadas las circunstancias. Ahora ella es su única -y radiante- hija. Willie sin duda balbuceaba tratando de describírmela, y pude ver en cuanto entraste que habías tenido una experiencia insólita.

El Cultural, España
30.11.2007


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