Cuando Conrad no escribe ficción: Polonia y Rusia

Polonia y Rusia, Colección Editorial Libros del UmbralPara cierto tipo de editores, hacer libros es una actividad tan apasionante como escribirlos. Por suerte en México hay un hombre de estas características, el escritor Pablo Soler Frost, quien elige títulos olvidados de grandes escritores para Libros del Umbral. Y así en ediciones muy pequeñas y muy cuidadas nos sorprende con dos títulos increíbles de Joseph Conrad. Uno de ellos reúne los artículos que publicó Conrad después del hundimiento del Titanic y el otro, Polonia y Rusia, también traducido y prologado por Soler Frost, nos habla de la relación de Conrad con su patria. En él encontramos cuatro artículos dedicados a Polonia y uno a Rusia. Como dice Soler Frost, estos escritos son una expresión hermosa y terrible de la relación del escritor con su patria. Hermosa, porque la libertad de su patria los anima, terrible porque las fechas de todos ellos son las de la gran guerra. Estos son artículos escritos al calor de la contienda y son una exposición inteligente, sentida y mordaz de los derechos de la nación polaca frente al mundo en un momento en que estos derechos, acallados por siglos de opresión, alzaban su voz y lograban su independencia política. Este volumen finaliza con un largo artículo de 1905 sobre Rusia y su guerra con Japón.

A continuación compartimos unos fragmentos del artículo Primeras nuevas, en el que nos cuenta sus vivencias frente al inicio de la I Guerra Mundial, pues había vuelto a su patria en 1914 y mientras realizaba un periplo nostálgico por Cracovia con su familia estalla la guerra provocada por el asesinato del archiduque. Lo que Conrad hizo por su patria está aquí: artículos para la prensa inglesa en los que recogía la aspiración de su pueblo a contar con una nación propia.

“Hace cuatro años, el primer día de agosto, en Cracovia, en la Polonia austríaca, nadie creía que la guerra venía. Mis temores eran saludados con la frase: “Hemos sufrido esos mismos sustos antes”. La incredulidad era tan universal entre las personas inteligentes e informadas que incluso yo, acostumbrado durante años a mirar lo inevitable, sentí temblar mi convicción. En aquellos momentos, hay que añadir, el ejército austríaco estaba ya en parte movilizado y mientras cruzábamos la Silesia austríaca notamos que todos los puentes estaban vigilados por soldados.

“Austria se va a echar para atrás”: tal era opinión de los hombres bien informados con los que hablé ese día primero de agosto. Los cursos en la universidad habían terminado y los estudiantes habían vuelto a casa, regresando a diferentes lugares de Polonia; pero los profesores aún no habían partido a sus respectivas vacaciones y entre ellos prevalecía un tono de escepticismo. Había pocas ganas de hablar acerca de la posibilidad de la guerra. Nacionalmente hablando, los polacos sentían que desde su punto de vista no había nada que esperar de ella. “Sea lo que sea lo que ocurra”, me dijo un hombre muy distinguido, “estoy seguro de que seremos nosotros los que pagaremos los platos rotos, como de costumbre”.
(...) Al día siguiente, el bibliotecario de la Universidad me invitó a echar un vistazo a la biblioteca que no veía desde que cumplí catorce años. Él fue quien me informó que la mayor parte de los manuscritos de mi padre se conservaban allí. (...) “Hay una parte de la correspondencia que a usted le interesará personalmente. Son cartas escritas por su padre a un amigo íntimo entre cuyos papeles se hallaron. Contiene muchas referencias a usted mismo, aunque no pudo usted haber tenido más de cuatro años en ese entonces. Su padre parece haber estado interesado en extremo en su hijo”. Esa tarde fui a la universidad llevando conmigo a mi hijo mayor. (...)

Ningún eco del ultimátum alemán a Rusia penetró esa paz académica. Pero las nuevas habían llegado. Al salir a la calle, abandonando el desierto patio central, nosotros tres éramos, me imagino, los únicos en la ciudad que no sabíamos de ello. Mi hijo y yo nos despedimos del bibliotecario (que se apuró a su casa para preparar el equipaje para sus vacaciones) y caminamos al hotel, donde hallamos a mi mujer esperándonos en un coche para ir a la casa de campo de un viejo amigo mío de la escuela, a unas diez millas. Había sido mi mejor amigo. En mis correrías alrededor del mundo había oído hablar de su brillante carrera en la escuela y la universidad, estudiando a los clásicos, creo. Pero ahora, en este período de acerados mostachos de su vida, me informó con orgullo mal disimulado que había ganado fama como inventor –no, inventor no es la palabra adecuada-, de una maravillosa semilla de la remolacha. La remolacha cultivada de esta semilla contenía una mayor  cantidad de azúcar por pulgada cuadrada –¿o era por raíz cuadrada?- que ninguna otra remolacha azucarera. Exportaba esta semilla (incluso a los Estados Unidos) no tan sólo con provecho, sino con cierta cantidad de gloria que parecía habérsele subido un poco a la cabeza. Hay una gran veta agrícola en cada polaco que ningún brillo, aunque sea por los clásicos, puede destruir. Mientras tomábamos el té afuera, mirando el hermoso declive de sus jardines y la ciudad a la distancia, las posibilidades de una guerra desaparecieron de nuestras mentes. De pronto, la mujer de mi amigo vino hacia nosotros con un telegrama en la mano y dijo calmadamente: “Movilización general, ¿sabían?”. La vimos como hombres despertados de su sueño.

La Biblioteca Domeyko, comprendiendo que esta es una obra muy valiosa, adquirió un ejemplar para que todos puedan acceder a esta magnífica lectura.

Lic. Claudia Stefanetti Kojrowicz


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