El enamorado de la Osa Mayor

El misterio que se ha ido tejiendo alrededor de Sergiusz Piasecki tiene, como toda leyenda, algo de falso, pero quizá sirva para rescatar a este autor de algo más injusto: el olvido. Porque Piasecki fue terriblemente popular en su momento, pero nunca estuvo en la vanguardia de la literatura y a él se le reconocieron méritos artísticos en menor medida que a otros, probablemente porque escribió en la dirección que le dictaba su vida, pero a contramano de las modas de su siglo.

El enamorado de la Osa Mayor, por Sergiusz Piasecki Esa vida fue, para decirlo módicamente, singular. Piasecki nació, según algunas versiones, en 1899, y según otras en 1901 en Lachowicze, Lituania, por entonces parte del sector noroccidental del imperio ruso (hoy en Belarús). Su madre era belaruso y su padre, polaco. Cuando tenía 16 años y estalló la revolución, se encontraba en Moscú. Rápidamente, regresó a su tierra natal y se enroló en la división lituano-belarusa del ejército polaco, en lucha contra el incipiente poder soviético. Sus reseñas biográficas aportan datos contradictorios sobre su militancia. Algunas dicen que desde 1922 hasta alrededor de 1926 Piasecki cambió de bando y comenzó a trabajar para los servicios de inteligencia comunista y otras lo niegan -lo que demuestra, en cualquier caso, que era un buen agente secreto-, pero todas coinciden en que sus aportes no fueron suficientes para atemperar su tendencia natural al bandidaje y al crimen, vocación que le valió ser condenado a muerte. En la cárcel polaca de Swiety Krzyz, mientras esperaba que las autoridades decidieran si lo ejecutaban o le conmutaban la sentencia por una de cadena perpetua, Piasecki sintió nacer en él la vocación de la escritura, y en un mes y medio, del 14 de octubre al 29 de noviembre de 1935, redactó no en su lengua natal, sino en polaco, que había aprendido de grande, las quinientas páginas de El enamorado de la Osa Mayor , que refleja con toques de ficción sus propias correrías a uno y otro lado de la frontera entre Polonia y Rusia. La historia del arte le debe mucho a la casualidad: gracias a la infidencia de los carceleros, los manuscritos de Piasecki llegaron a manos del novelista polaco Melchor Wankowicz, quien, entusiasmado, ayudó a publicar el libro en 1937. El éxito fue tan grande que los admiradores de Piasecki se organizaron para reclamar que fuera puesto en libertad. No lo lograron. Fueron los nazis quienes, después de la invasión de 1939, sacaron de entre las rejas a quien era en ese momento el narrador más famoso de Polonia.

Sergiusz PiaseckiEn la nueva edición en español de El enamorado de la Osa Mayor , la primera vertida directamente del polaco, se dice que desde la liberación se perdió toda pista del autor y que es probable que en 1946 se haya trasladado a Inglaterra, donde quizás haya muerto en 1964. Pero no hay razón para poner en condicional esos datos. No solo quedan testimonios fotográficos de Piasecki en Londres, sino que allí vieron la luz otros libros suyos como Memorias de un oficial del Ejército Rojo y Nadie se salva . Esa distancia y ese enorme olvido le dan a la presentación actual el sabor del descubrimiento. Aunque El enamorado de la Osa Mayor aparece descripta como una “novela pura de acción”, es mucho más que eso. Ciertamente, Piasecki no pierde tiempo en descripciones y pinta con trazos fuertes los bosques, lagos, alambradas, valles y ciénagas que dan marco a las decenas de expediciones de contrabando en las que el protagonista, Wladek, solo o con sus compinches, lleva y trae todo tipo de mercaderías a través de la línea divisoria, desafiando a los delatores y a la muerte siempre al acecho, entre la noche y la neblina, desde la boca de los fusiles de los gendarmes. El vigor de Piasecki no excluye la poesía, como se ve en este párrafo que sintetiza el clima de la obra: “Vivíamos como reyes. Bebíamos vodka a chorros. Nos amaban muchachas hermosas. No reparábamos en gastos. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, y el odio con odio”.

Wladek se siente morir cuando el paréntesis entre una excursión y otra es demasiado largo. Perdido en el camino de regreso, solo puede confiar en el revólver que ha cargado muchas veces, y en las estrellas, sobre todo en las que dibujan la constelación de la Osa, que le indican adónde debe dirigirse y a las que nombra como a novias: Eva, Irene, Sofía, María, Helena, Lidia y Leonia. Los amigos desertan, son capturados, mueren. Las amantes de la vida real son reconfortantes, pero efímeras. A Fela, el amor imposible, es necesario contemplarla en secreto. Saber que las estrellas estarán allí aun después de la última aventura le da cierto sentido a su cercana muerte. Lo demás es cuestión de segunda importancia.

Ciertas coincidencias hacen que sea fácil asociar a Piasecki con un antecesor ilustre: Joseph Conrad. Como Piasecki, Conrad también arrastra la categoría de autor polaco, pese a haber nacido en Berdyczow, Ucrania; como él, vivió en la realidad muchas de las tramas de sus propias novelas, y, como él, también se estableció en Inglaterra. En ambos se respira un aire de acción y libertad que, en el caso de Piasecki, llega todavía más lejos. En la frontera que permanentemente viola el narrador en primera persona de El enamorado de la Osa Mayor se intuye un símbolo. Aunque mantiene su lealtad con los amigos más cercanos y a menudo se juega la vida por ellos, nunca se pregunta Wladek por las consecuencias de sus actos. El bien y el mal le son ajenos. Hace lo que su naturaleza le manda hacer y, aun cuando ha reunido el dinero suficiente como para dedicar el tiempo que le queda al goce de sus rentas, se sigue deslizando, con sus mochilas cargadas de chucherías, más allá de los límites y del peligro. Cuando su íntimo amigo Pietrek el Filósofo lo invita a establecerse como burgués en la ciudad de Vilnius, Wladek hace el máximo esfuerzo por seguirlo, pero no soporta los códigos de la civilización más que unos pocos meses. Y vuelve a su templo natural, solo, en lucha contra todos. Desafía a los soldados y despluma a sus propios colegas. Sabe que el fin vendrá, que es inminente. Y poco, o nada, le interesa menos.

Por fuerza, un personaje así no puede despertar la adhesión incondicional del que lee. Si es cierto que es un héroe en determinado sentido, difícilmente se lo puede tomar por justiciero. Muchas veces actúa sin medida. Otras veces es demasiado frío e indiferente. Y sin embargo hay algo de fascinante en estas páginas. Es probable que la atracción que ejercen se deba a que apelan a una libertad que sobrepasa límites y fronteras.

Hay, además, entretenimiento asegurado, pues los episodios de aventuras se suceden sin pausa. Una advertencia sobre la traducción: es preciso pasar sobre una gran cantidad de palabras del slang patibulario español, desconocidas o inusuales para el público argentino y bien distintas del lunfardo autóctono, que le caería como anillo al dedo a El enamorado de la Osa Mayor . Expresiones y giros como “todo va que chuta”, “militronchos”, “¡con cualquier excusa se empapuza!”, “coge mi portadera” y “duerme la mona, porque vas trompa” dejan de fastidiar apenas uno queda atrapado, irremediablemente, por lo que palpita en la novela.

Por Hugo Caligaris
ADN, La Nación. Buenos Aires
17.11.2007


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