Ultimas palabras del maestro

El 12 de junio de 1990, durante un simposio internacional de escritores en Graz, Ryszard Kapuscinski reveló en una conferencia el leitmotiv de sus trabajos periodísticos. Un camino para el conocimiento que inició en 1956, durante su primer viaje largo por la India, Paquistán y Afganistán. El título, Mi otro, desvelaba su pasión: ser traductor de culturas. Entre las dificultades, señalaba el etnocentrismo y la otredad excluyente. El rasgo más peligroso del nacionalismo, subrayaba, “es que a él va indisolublemente unido el odio hacia el Otro. La dosis de ese odio puede variar, pero su concurrencia es segura”. Kapuscinski murió hace pocos meses y su traductora de siempre, Ágata Orzeszek, vertió al castellano este Encuentro con el Otro, recopilación de aquella conferencia de Graz.

Con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en su haber, Kapuscinski había expresado en sus reportajes literarios toda la complejidad del mundo. Pasada la setentena, su mirada devenía más minimalista: de los grandes relatos de Imperio o ...Ébano había evolucionado al estilo aforístico de sus lapidariums; vindicaba el ejercicio perpetuo de la curiosidad releyendo a Heródoto.

En la Europa que sigue dando vueltas al carrusel de egoísmos estructurales, Kapuscinski opone un mapa mundial que ha cambiado: los Otros, que antes solo eran el Tercer Mundo, “empiezan a adquirir la condición de sujetos”. Considera fascinante “el encuentro con el Otro como experiencia básica y universal de nuestra especie” y se pregunta si los europeos están preparados para un desafío que, históricamente, se resolvió de tres maneras: “la guerra, el aislamiento de la Gran Muralla o el diálogo”.

Del filósofo Lévinas extrae la noción de “acontecimiento”, que representa el encuentro con el Otro, y del antropólogo Malinowski una de sus máximas, no por evidente, practicada: para juzgar una civilización “hay que estar allí”. Por primera vez, concluye en sus conferencias vienesas, el Otro se ha convertido “en una cuestión interna de la cultura europea, en un problema que atañe a cada uno de nosotros”. En esa historia, Kapuscinski distingue cuatro etapas: los mercaderes y embajadores; los grandes descubrimientos geográficos; la apertura de la Ilustración y el humanismo; la antropología y el multiculturalismo.

“Es un mundo que tiene mucho que ofrecer pero que, también, plantea muchas exigencias. Moverse por él buscando atajos puede acabar resultando un viaje a ninguna parte”, advirtió Kapuscinski. Un viaje que parecía obviar las nuevas tecnologías; pero la “aldea global” que profetizó Marshall McLuhan no ha resultado un punto de encuentro sino el hangar del caos y la superficialidad; un “no lugar” donde pululan multitudes extraviadas, prejuicios étnicos y mascaradas virtuales. La originalidad de Kapuscinski no es otra que volver al origen del relato. Para acercarnos al Otro no habrá más remedio que ponerse de nuevo en camino. Como en tiempos de Heródoto.

Por Sergi Doria
Adn La Nación, Buenos Aires
17.11.2007


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