Libro del mes: un Conrad

Tapa de El regresoYa se sabe que caminamos por el filo de la navaja y la única diferencia es que unos somos más conscientes que otros de que a los lados de tan estrecha senda hay abismo. Recuerdo que Laurence Olivier contaba en “Confesiones de un actor” (Planeta) cómo un buen día, y sin la menor premonición, su mujer, Vivien Leigh le soltó un "ya no te quiero" y desapareció de su vida. Mundo acabado, al menos ése. Bien, pues este mes traigo al galardonamiento una novela corta de Joseph Conrad, llamada “El regreso” (Funambulista), que trata de algo peor todavía: de cuando el que te ha dejado, vuelve. Ahí ya es para echarse a temblar. La tragedia de un ruptura profunda es de dos clases: soportable o insoportable. En los dos casos, hay remedios adecuados, por brutales que lleguen a ser. Sin embargo, en el intento de reanudamiento, en el volver atrás después del golpe, ya no hay forma de escapar de la incertidumbre, ni de vivir cada minuto sin miedo. Aquí lo trágico es una perenne consciencia del filo y de la caída. Demasiada luz, deslumbra, escribía Pascal.

“El regreso” es una obra casi obscena en lo que tiene de escudriñe de los sentimientos de los personajes, empezando por los vulgares y acabando por los más vulgares. Nada en ella nos resulta extraño, y lo que es peor, cuando se mira con distancia, es decir, cuando no te está pasando a ti, todo parece oscilar entre el absurdo y el ridículo. La prosa de Conrad, en cambio, se retuerce y eleva como en sus mejores momentos, busca las imágenes desgarradoramente apropiadas parta retratar el estado de ánimo de los sufrientes, se vuelve detallista y minuciosa en su esfuerzo por calcar un mapa del espíritu que es borroso y convulso, y cuya transparencia es al mismo tiempo su opacidad.

No se pierdan las veintitantas páginas que dedica a pintar las sucesivas fases emocionales del abandonado, con todo lujo y precisión, desde el atontamiento a la resignación, pasando por la cólera y por la vergüenza social. También hay que decir unas palabras sobre la traducción que, a cargo de J. M. Lacruz Bassols, merece un encomio de los grandes. Nuestro idioma tiene algunas carencias en lo que se refiere al “high style”, pero he aquí que el traductor no sólo ha sabido encubrirlas, sino que puede vanagloriarse de haber dado al texto una armonía y una sonoridad conmovedora.

Lea las primeras páginas de “El regreso” (Funambulista).
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El Mundo, Madrid
30/03/2007


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