Especial Estreno Katyn en Buenos Aires
Con Andrzej Wajda vuelve el cine polaco

Afiche Katyn de WajdaAun con todos los vaivenes que ha experimentado desde la época de oro de su proyección internacional (entre mediados de los cincuenta y mediados de los ochenta), el cine polaco nunca ha dejado de proporcionar material de interés. Sin embargo, su presencia en nuestras pantallas ha sido prácticamente nula en los últimos años. Y no es un fenómeno exclusivamente local: a veces ni siquiera los films más aplaudidos en Polonia por la crítica y por el público suelen alcanzar difusión fuera de sus fronteras. Como si tras haber dado al mundo autores de la talla de Ford, Wajda, Munk, Kawalerowicz, Polanski, Skolimowski o Zanussi se hubiera producido un bache de creatividad.
Seguramente no fue así: quizás haya que considerar los problemas que debió enfrentar la industria del cine en los últimos años de gobierno comunista y los que sucedieron a la caída del muro de Berlín: ya no problemas de censura, sino económicos. Primero la libre entrada de películas norteamericanas (antes proyectadas en cantidades mínimas) hizo que el público joven se volcara hacia ellas; en los ochenta, las condiciones de vida eran difíciles; los grandes directores, salvo excepciones, prefirieron el silencio o aceptaron trabajar en otros países, y los más jóvenes se dedicaron a revisar el pasado comunista en films que público y crítica rechazaron.
Se buscó entonces salir del colapso con un remedio comercial. Los perros, de Wladyslaw Pasikowski, fue un rotundo éxito: hablaba del pasado reciente, pero era cine de acción. Y esa fórmula atenta a los modelos de Hollywood ha seguido generando ganancias, pero no tanto el interés de otros públicos. Muertos Munk y el más veterano Ford, pero aún vigentes Wajda o Kawalerowicz, y casi siempre lejos del país Polanski, Skolimowski y Agnieska Holland, por citar a los más famosos, los noventa tuvieron, sin embargo, su gran fenómeno artístico: Krzysztof Kieslowski, cuya ausencia todavía se siente, y no sólo en Polonia.
De los años recientes, salvo alguna que otra exhibición en festivales o en ciclos, se sabe poco: la repercusión alcanzada por costosas superproducciones basadas en la literatura, como A sangre y fuego , de Jerzy Hoffman; Pan Tadeusz , de Wajda, o Quo Vadis , de Kawalerowicz; algunos nombres de prestigio, como los de Lech Majewski y Jerzy Stuhr, o la noticia de esporádicos triunfos en festivales.

Tanto silencio está a punto de quebrarse, gracias a la reputación de Andrzej Wajda (que ya ha cumplido 83 años) y a que su Katyn -el film a punto de estrenarse en el que recrea la matanza de 22.000 polacos a mano de fuerzas soviéticas en 1940- tuvo el espaldarazo que significa una candidatura al Oscar. La obra tiene especial significación para el gran director de Cenizas y diamantes, Danton y Las señoritas de Wilko: en aquel trágico episodio murió su padre. Tal vez por eso, cuando concluyó el rodaje, anunció que esa había sido su despedida del cine.

Pero no pudo cumplir su palabra: en la última Berlinale presentó Tatarak , en la que volvió a dirigir a Krystina Janda, la admirable actriz que él hizo debutar en el cine con El hombre de mármol y a quien también hemos visto en El director de orquesta (1980, Wajda), Mefisto (1981, Istvan Szabó) y No matarás (1990, Kieslowski). Títulos cuya sola mención acrecienta la nostalgia por el buen cine de Europa del Este.

Por Fernando López
La Nación, Buenos Aires
30.06.2009


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