Faraón, de Jerzy Kawalerowicz, un pulso entre la religión y la política

Durante el pasado mes de enero, en una de mis reseñas comentaba la imposibilidad de adquirir en nuestro país la película Faraón (1965), del director polaco Jerzy Kawalerowicz (Gwordiziec, 1922). Pues bien, parece que los dioses escucharon mis deseos – no sólo los míos sino también los de otros muchos amantes del cine clásico –, tornaron propicios sus pareceres y otorgaron sus plácemes para que, por fin, en formato deuvedé, saliese a la venta en el mercado español.

Escena de la películaDe ello, de que los dioses se habían mostrado propicios, me enteré gracias a esa especie de sabio cinematográfico que es Pedro Urís, escritor, director de cine y crítico de la veterana Cartelera Turia, el pequeño semanario que habla de cultura, espectáculos, política y otras cosas en la ciudad de Valencia desde 1964. En su sección Territorio vídeo clásicos, de finales del pasado mes de mayo, anunciaba que Faraón salía a la venta el 4 de junio. Y ya la tienen a su disposición ustedes, mis invisibles lectores, en los principales centros de ocio de nuestro país, para que puedan deleitarse con ella.

Faraón comienza de un modo peculiar. Tras el titulo y los créditos en polaco, de una duración larguísima, aterriza en pantalla un pedazo de tierra desértica, agrietada por el sol, recorrido por dos escarabajos que ruedan una bola de inmundicias. Como telón de fondo el aullido, tal vez de un chacal, y el silbido punzante del viento. Los insectos salen de la pantalla, sustituidos de golpe por un pelo rizado, la nuca y las manos de un militar postrado ante el Sol (Ra). De repente, el militar da media vuelta y comienza a correr. Escuchamos sus pies aplastando la arena, su respiración cada vez más agitada. Atraviesa las filas de soldados hasta alcanzar el lugar donde se encuentra el jefe de la expedición, el futuro Ramsés XIII. Junto a él, el Sumo Sacerdote, Her-ror. El militar se postra ante Ramsés quien le invita a hablar:

-Altísimo Príncipe y Señor, he visto dos escarabajos, cada uno empujando su bola de estiércol, cruzando el camino.

-¿Y bien?

-Tal y como mandan nuestras costumbres piadosas he hecho detener la marcha en honor del Sol.

-Veo que eres un buen creyente egipcio – se inmiscuye el Sumo Sacerdote – aun cuando tengas las facciones de un hitita. No continuaremos por este camino. Podríamos aplastar a los escarabajos sagrados.

Con esta sencilla escena, la primera, ya se expone el tema principal de la película: el enfrentamiento entre el poder político y el religioso, o mejor dicho, la intromisión del segundo en el territorio reservado al primero. Y esta pugna es la que se irá desarrollando a lo largo de las casi tres horas de duración de la cinta de Kawalerowicz. El asunto no puede ser más actual, ni tampoco más apasionante. Por en medio cruzan historias colaterales de sexo, espionaje y corrupción, pero son "pecata minuta" comparadas con el meollo central de la película.

Escena de la películaY no es que careciera de medios para rodar la película al estilo USA. No, ni mucho menos. Pero no era lo suyo. Kawalerowicz dispuso de recursos suficientes: 10.000 extras – cedidos por el ejército ruso y adiestrados en luchas antiguas – para las batallas; escenarios naturales reales (Uzbekistán y Luxor en el propio Egipto) y un vestuario escueto pero perfecto, según los expertos en historia, para escenificar la realidad del momento. La ambientación, pues, es otra de las grandes aportaciones de este Faraón. Su rodaje, además, planteaba un sinfín de problemas de infraestructura: abastecimiento de agua para el personal de rodaje y actores, altas temperaturas (en el desierto se alcanzaron los 60о), protección del equipo técnico del sol y la arena, etcétera. Todos estos inconvenientes fueron superados por el director, que invirtió más de tres años de su vida en la preparación, rodaje y montaje de la película.

Faraón está basada en una novela del Boleslaw Prus (seudónimo de Aleksander Glowacki), que vio la luz pública en 1895, contemporánea de otra obra legendaria de la literatura polaca y universal: Quo vadis? de Henryk Sienkiewicz. Ambas obras hablan de épocas pasadas para denunciar situaciones del presente. Curiosamente, la carrera cinematográfica de Jerzy Kawalerovicz concluyó con el rodaje de una nueva versión de Quo vadis, cuya presentación mundial tuvo lugar en el Vaticano, con la asistencia del papa Wojtila.

Escena de la películaPara terminar, algo sobre el formato deuvedé. Está claro que el deuvedé doméstico jamás podrá suplir la calidad de las imágenes que se proyectan en una sala cinematográfica. Eso parece quedar fuera de toda duda. Ahora bien, con una buena pantalla y un buen lector, el deuvedé se convierte en un sucedáneo de enorme utilidad. Con este soporte, una película adquiere la ductilidad de un libro, puesto que se puede ver, con los riesgos de dispersión de la atención que ello conlleva, a plazos en un mismo día o en varios, en función de la disponibilidad horaria de cada cual. Sin olvidar que uno, además, ve la película en su propia casa, cuando quiere y como quiere (él mismo fija el horario de proyección), nunca llega con la sesión comenzada y si el compañero de visionado tose o estornuda, tiene la posibilidad de rebobinar y escuchar de nuevo lo que aquella estridencia buconasal le impidió momentos antes. El deuvedé de Faraón, que se ha editado con traducción castellana y en versión íntegra – durante su estreno la película fue "capada", no por motivos de censura sino para mejorar su comercialización –, contiene algunos extras de notable interés: la entrevista y biografía del propio Jerzy Kawalerovicz, ficha técnica, fotogramas y recortes de la crítica internacional en el momento de su estreno.

Y no olviden que Faraón fue candidata al Oscar de Hollywood, aunque no lo consiguió. La estatuilla fue para Un hombre y una mujer de Claude Lelouch. Eso ocurrió allá por 1967. Ha llovido mucho desde entonces. Cuarenta años exactamente. Los mismos que ha tardado en publicarse el deuvedé en España. Cuarenta años. Ni más, ni menos.

Herme Cerezo  
Siglo XXI, España, 03.01.2008


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