La intimidad al desnudo

Sin pudor, Ariel Mlynarzewicz exhibe en el Centro Cultural Recoleta sesenta obras que reflejan su vida cotidiana e incluso la agonía de su padre. Mientras, proyecta un mural para la cúpula del Teatro Regio y pinta “como si fuera la última vez”.

Bienvenidos al mundo de Ariel Mlynarzewicz. Con colores enérgicos y líneas que dibujan, en gran tamaño o en pequeño formato, los ritos cotidianos, la vida familiar, los amigos, el trabajo en el taller y hasta la agonía del padre, crea un mapa público de su intimidad. Son sesenta obras, la mayoría de producción reciente, que hasta el 1° de marzo estarán expuestas en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, la misma en la que León Ferrari provocó la ira religiosa con sus obras en 2004 y en la que se expuso Chacareros, de Antonio Berni, por primera vez tras su restauración.

Ahora, el espacio generoso y tenuemente iluminado de la sala parece ideal para recibir la “pintura vivencial” de Mlynarzewicz, como él la define una y otra vez, elegida y colgada con delicadeza por Diana Wechsler. Las obras recorren los temas autobiográficos que obsesionan al artista. Por series, están sus rituales cotidianos de aseo, la vida del taller -con sus amigos, sus modelos, sus alumnos, y todo a la vez-, sus dos hijos, su mujer, el sillón del living por el que transcurre la vida y la agonía de su padre -que se adivina lenta-, retratada en la última parte de la exposición. “Pinto lo que me pasa, lo que vivo. Pintar es tratar de describir las cosas que suceden y que dejamos pasar de largo, intentar descifrar lo que ocurre”, dice Mlynarzewicz a adn cultura, mientras recorre la muestra con entusiasmo fehaciente. “Mi pintura es fundamentalmente emocional”, completa.

Sin embargo, hay en sus obras un trabajo compositivo y de dibujo evidente, con las huellas de su maestro Carlos Alonso que lo llamó “mi único discípulo reconocido”. Las líneas dibujan los cuerpos humanos -son retratos bien discernibles, a pesar del trazo grueso- y los colores iluminan. Sucede, por ejemplo, en la serie del aseo cotidiano, en las obras redondas que retratan a sus hijos Marco y Jazmín, y en la serie de los abrazos que, en tinta y en óleo, congelan el instante del encuentro. “Hay un trasfondo intelectual y conceptual, pero en el momento de la ejecución pinto como si fuera la última vez. Hay una pulsión en ese gesto que puede ser incontrolable”, dice. Y comenta que tiene respeto por esos impulsos. “Tengo un stock de telas de distintos tamaños y cada día voy eligiendo. Hay días en que estoy expansivo y necesito expresarme, y elijo telas más grandes, y a veces dibujo en un pequeño papel”, relata y muestra.

El taller es un lugar clave en la vida del pintor y, por lo tanto, en sus obras. El espacio que hace ya 25 años ocupa en Boedo sirve como escenario para el encuentro con amigos -el músico Jorge Drexler, los escritores Washington Cucurto y Fabián Casas, el pintor Juan Doffo-, los modelos y los alumnos, los compañeros de trabajo. También con sus fantasmas, según dice: Rembrandt, Victorica, Spilimbergo.

A Mlynarzewicz le gusta enseñar. Da clases y clínicas en su taller, y en la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes. ¿Se puede enseñar a pintar? “Se pueden enseñar herramientas que tiene que tener una persona que va a ejecutar un oficio. Y lo que uno hace luego es estimular la exploración externa e interna para que la pintura sirva como medio de expresión”, explica. Mlynarzewicz se autorretrata con obsesión, pero quizás en ninguna obra aparezca tan expuesto como en las que muestran la agonía y muerte de su padre, sucedida hace dos años. En esas obras dolorosas, las figuras se deshilachan, las líneas desaparecen y los colores se vuelven marcas de la ausencia que está por llegar. Lo contrario ocurre en las pinturas en las que retrata lugares de la ciudad de Buenos Aires, vibrantes y coloridos, como la avenida Corrientes, el Palacio de Tribunales y el Monumento de los Españoles.

La muestra en el Recoleta llega en un momento de buenas noticias para Mlynarzewicz: le acaban de encargar pintar la cúpula del Teatro Regio, en la avenida Córdoba 6056, que festeja sus 80 años en 2009. Donará su trabajo, para el que ya terminó bocetos y proyecciones. Le entusiasma el desafío: “Es dejar algo que queda allí para siempre”, dice. “El conocimiento más difícil es el interno. Es el viaje más complicado y al que hay que dedicarle más tiempo”, reflexiona. “Finalmente, la pintura debería servir para que uno sea más feliz.” Será por eso que en el mundo de Mlynarzewicz, los abrazos parecen ganarle a la muerte.

Ficha
Los lugares de la pintura, de Ariel Mlynarzerwicz, en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) Buenos Aires. Hasta el 1° de marzo.

Por Raquel San Martín
La Nación, Buenos Aires
07.02.2009


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